martes, 5 de julio de 2011

"El predominio de los hombres no tiene ningún fundamento"

La debilidad de la mujer es un mito, dice la antropóloga Françoise Héritier

Noticias de Cultura: anterior | siguiente Miércoles 9 de mayo de 2007 | Publicado en edición impresa

"Las mujeres sólo se diferencian por su capacidad de procrear", dice Héritier
PARIS.– Para Françoise Héritier, el sometimiento de la mujer y su exclusión del terreno del conocimiento y del poder son producto de “una dominación masculina inmemorial, exclusivamente cultural y sin fundamento biológico”.
Considerada una de las antropólogas más importantes del mundo, Françoise Héritier ha dedicado más de tres décadas de intensos estudios a desmontar los prejuicios sobre lo masculino y lo femenino.
Durante sus primeros años de investigación, Héritier viajó asiduamente por Africa Occidental para estudiar los sistemas de parentesco y las representaciones simbólicas del cuerpo en las poblaciones de samos, panas, mossis, bobos y sogons.
En 1982 sucedió a su profesor Claude Levy-Strauss en la cátedra de Antropología del Colegio de Francia y se convirtió en la segunda mujer que enseñó en esa reputada institución, después de la helenista Jacqueline de Romilly. También estructuralista, esta cálida francesa de 74 años reconoce, sin embargo, que existen algunas diferencias de análisis e interpretación con su insigne maestro: “Todo es una cuestión de época", explica. Autora de innumerables libros y comunicaciones, creadora de novedosas teorías, dos de sus obras revolucionaron la percepción de la relación entre hombres y mujeres: Masculino/Femenino I y, recientemente Masculino/Femenino II. Pensar la diferencia .
"La única diferencia entre el hombre y la mujer es la capacidad de procreación. Y ésa es la causa de todo lo demás", afirmó la antropóloga durante una entrevista con LA NACION en su departamento de París.

-¿Por qué razón la humanidad ha valorizado desde siempre lo masculino y ha desvalorizado lo femenino?
-Una de las razones ha sido la supuesta vulnerabilidad del cuerpo femenino durante el embarazo, el amamantamiento y la primera edad de los niños. Pero es absurdo utilizar una situación de fragilidad en determinados momentos de la vida para justificar el sometimiento de la totalidad del sexo femenino al masculino en todas las edades de la vida. Además, si bien la fragilidad justifica la protección, no implica la sujeción.

-¿Y qué responder a aquellos que utilizan la explicación esencialista, es decir, que habría una esencia femenina cuya imperfección justificaría la sumisión a los hombres?
-Esta segunda razón suele basarse en el mito de que, en una época lejana, las mujeres habrían tenido el poder y lo perdieron por la fuerza, debido a su incompetencia. Sería la imperfección de la naturaleza femenina, por su debilidad orgánica, la que habría provocado el fracaso del matriarcado y la violencia ejercida por los hombres para controlar esa imperfección.

-¿Existió alguna vez una sociedad matriarcal?
-No, jamás. Lo que en realidad existió fueron cultos a la fecundidad y también sociedades matrilineales, que inscriben la filiación de los hijos en el linaje de la madre. Pero en esas sociedades las mujeres no tienen el poder. En las sociedades matrilineales son los hermanos de las madres los que ejercen la dominación del grupo. Una sociedad matriarcal es un sistema político que confía a las mujeres el conjunto de los poderes políticos, religiosos y económicos. Este tipo de sociedad nunca existió.

-Pero entonces, ¿por qué existen tantos mitos sobre sociedades dominadas por mujeres, como las amazonas o los onas de Tierra del Fuego?
-En todos los casos, esos mitos fueron inventados como imagen invertida de la realidad. El objetivo de esas invenciones era mostrar a quienes los escuchaban la profunda injusticia del sistema matriarcal y dar legitimidad al patriarcado. En el caso de los onas -hoy desaparecidos-, el mito explicaba que en los albores de la humanidad las mujeres mantenían a los hombres en estado de servilismo gracias a unos instrumentos de música de madera que rugían cuando se los hacía girar en el extremo de una cuerda. Cuando oían esos ruidos en la casa de las mujeres, esos pobres hombres se sentían aterrorizados pensando que las mujeres cohabitaban con los espíritus. La leyenda cuenta que, un día, uno de ellos se dio cuenta del engaño y con otros hombres las masacraron a todas. Sólo perdonaron a las niñas pequeñas para convertirlas en esposas domesticadas.

-¿Desde el punto de vista biológico no hay, entre hombres y mujeres, ninguna razón que justifique esa dominación?
-Muchos científicos han intentado explicar los orígenes de la desigualdad mediante la estructura cerebral. Pero nunca consiguieron probarlo, porque el cerebro del hombre y de la mujer funcionan de la misma forma. El hombre y la mujer tienen exactamente las mismas capacidades físicas e intelectuales. Las diferencias actuales responden a una diferencia de práctica cultural: desde que los hombres asignaron un papel determinado a la mujer, ésta se vio sometida a alimentarse de una forma diferente y a realizar actividades diferentes. Con el correr de los siglos, esas prácticas diferentes dejaron su huella tanto en el aspecto físico como en la forma de relacionarse con el medio ambiente. Por ejemplo, como las mujeres tenían prohibida la caza, también se les prohibía comer carnes rojas.

-¿Por qué no podían cazar?
-Por razones simbólicas. Las sociedades primitivas observaron que las mujeres tenían ciclos menstruales y que sólo dejaban de perder sangre cuando esperaban un niño o cuando amamantaban. Dedujeron entonces que la sangre se transformaba en materia: el cuerpo del niño y la leche que lo alimenta. También pensaron que si las mujeres hacían correr la sangre de los animales, por un efecto de simetría cósmica padecerían hemorragias permanentes que, con el tiempo, las volvería estériles. El objetivo último de esa práctica era preservar la fertilidad. Esa creencia ancestral aún no ha desaparecido: cuando yo era pequeña y había que matar un cerdo o un conejo, se encargaban los hombres. En los mataderos, es todavía el hombre quien da el golpe de gracia a los animales.

-¿Cuál es la razón de esa desvalorización de lo femenino en el conjunto de la humanidad?
-La razón principal es esa capacidad exorbitante de las mujeres de producir niños de uno y otro sexo. No sólo ellas son capaces de hacer lo idéntico, sino también lo diferente. Los miembros de los grupos prehistóricos podían concebir que las mujeres produjeran algo idéntico a ellas. Pero, como ignoraban la existencia de los espermatozoides y los óvulos, les parecía extravagante que pudieran también hacer lo diferente. A esa incógnita respondieron, naturalmente, imaginando que las mujeres eran apenas un receptáculo de la simiente masculina, de los dioses o de los ancestros. Esa idea, que nació en la prehistoria, se repitió de distintas maneras casi hasta nuestros días.
-Para Aristóteles, el nacimiento de una niña era la primera monstruosidad: significaba el primer fracaso de lo masculino por culpa de defectos particulares del hombre debidos a la edad, la alimentación, etcétera.
-Para Aristóteles, las mujeres son sólo materia: se desarrollan en forma anárquica, salvo si los hombres, gracias a su semen, dan forma y figura humana a esa materia. En ese modelo, el nacimiento de una niña es un fracaso (sobre todo, si se parece a su madre), mientras que un varón es la consagración. Más aún si se parece al padre. Napoleón justificó la negación de los derechos cívicos y políticos a la mujer porque "pertenece a su marido y su deber es darle hijos" (varones). Y en la actualidad, el vicepresidente del Frente Islámico de Salvación argelino, Ali Bel Hadj, declara: "La mujer es una reproductora de hombres. Ella no produce cosas materiales sino algo esencial que es «el» musulmán". Cualquiera sea el sistema simbólico utilizado en torno a la fecundidad, durante milenios las mujeres fueron relegadas al rango de recipientes. El cuerpo femenino fue considerado apenas como un simple receptáculo y la mujer como un objeto a disposición del hombre para hacerle hijos varones.

-Si las mujeres fueron dominadas con el objeto de apropiarse de su capacidad reproductora, ¿se podría decir que la aparición de la anticoncepción marcó el advenimiento de otro universo?
-La anticoncepción es una inmensa revolución, pues, por primera vez, el hombre necesita el consentimiento de la mujer para hacer un niño. Es un formidable instrumento de liberación, pues interviene en el punto exacto donde se produce la dominación femenina. Creo que, aún hoy, ninguna mujer se da cuenta de los alcances de la anticoncepción.

-Pero entonces, ¿por qué los hombres la aceptaron?
-Porque no se dieron cuenta de lo que hacían. En Francia, la anticoncepción fue votada por un Parlamento de hombres por razones de salud pública. Para evitar decenas de miles de muertes provocadas por los abortos. Como pasa siempre, fue necesario cierto tiempo para comprender que ese gesto cotidiano anodino había puesto punto final a milenios de sujeción femenina.
Por Luisa Corradini Para LA NACION



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